Marrakech. La ciudad roja. 2


El esplendor de Marrakech que da lugar a la exuberante y atractiva ciudad que hoy conocemos tiene sus inicios en los años 30 cuando los millonarios de la época eligieron este exótico destino para asentarse. Más adelante, ya en los 60 los artistas e intelectuales llevaron el espíritu bohemio convirtiendo la Medina y sus riad (palacete) reconstruidos, no solo en lugar de reposo sino que en la mayoría de los casos en lugar de residencia. Con el paso de los años la comunidad de expatriados, que es como se reconoce a los extranjeros con residencia permanente en la ciudad, lejos de ir a menos se incrementa.

Jaama el Fna

Jamaa el Fna. Foto Flickr Mario Micklisch

Para la mayoría de personas que un día eligieron Marrakech como lugar de residencia, todo comenzó con una simple visita en la que probablemente hayan quedado maravillados con lugares como la plaza Jamaa el Fna. Esta plaza de considerables dimensiones está rodeada por todos sus lados excepto uno, por la Medina y es el lugar de encuentro de la cultura, el ocio y el comercio. El Café de France, local con gran historia pues abrió sus puertas en 1914, con unas inmejorables vistas de la plaza, nos da la oportunidad de disfrutar de una inolvidable puesta de sol desde sus terrazas con un aún hoy insuperable té a la menta en nuestras manos. No muy lejos también encontramos la Mezquita Koutoubia cuyo minarete de unos 70 metros domina no solo la plaza, sino toda la ciudad, por ser la construcción de mayor altura. Esta mezquita debe su nombre al zoco de libreros que se asentaba en sus alrededores.

Sin dejar la Medina no podemos olvidarnos del Zoco que ocupa sus estrechas callejuelas y está separado por gremios. En esta aventura debemos olvidarnos del tiempo y dar rienda suelta a nuestras mejores mañas en el intenso arte del regateo. La mejor hora para visitarlo es por la mañana ya que a la tarde los puestos comienzan a cerrar y no lo veríamos en su apogeo.

Mezquita Koutoubia

Mezquita Koutoubia. Foto Flickr Jean-Marc Astesana

Otros edificios de interés son: el palacio Bahia construido en el siglo XIX con el propósito de ser el más bello palacio de todos los tiempos, donde solo podremos admirar la esmerada construcción ya que las estancias no albergan mobiliario, pero si podemos ver el harem de las cuatro esposas y veinticuatro concubinas del sultán. El palacio Badi del siglo XVI que a pesar de su estado ruinoso aún transmite el esplendor que un día tuvo. La Madrasa (Medersa) Ben Youssef que es una escuela musulmana para estudios superiores, sobre todo religiosos y es la más grande de Marruecos. En ella podemos recorrer los patios interiores y las 130 austeras celdas que en su día acogían a más de 900 estudiantes. Las tumbas Saadíes descubiertas en 1917 son uno de los lugares más visitados de Marrakech. Consiste en un pequeño jardín al que se accede a través de un pasillo en el que encontramos 100 tumbas de guerreros y sirvientes de la dinastía Saadí decoradas con mosaicos.

Madrasa Ben Youssef.

Madrasa Ben Youssef. Foto Flickr Tomasz Dunn

Cambiando un poco el rumbo, podemos dejarnos caer por los Jardines de Majorelle, ideados por el pintor francés del mismo nombre. Apasionado de la botánica y del arte, creó el color azul majorelle (azul púrpura) que utilizó para pintar la casa que hay en el recinto y se ha convertido en su mayor atractivo. En la actualidad es propiedad de la fundación de Yves Saint-Laurent. Los Jardines de Menara con su estanque y el millar de olivos que lo circundan resulta sorprendente pese a no poder compararse en belleza con los jardines anteriormente descritos. Y acabando con la vegetación resaltaría el Palmeral de Marrakech que con más de 100.000 palmeras nos ofrece la posibilidad de recorrerlo en calesa o en camello.

Jardin Majorelle

Jardin Majorelle. Foto Flickr Wicker paradise

No debo olvidar que Marrakech no solo es la Medina y la historia que en ella se encierra, también existe la ciudad nueva, Ville Nouvelle (Gueliz), donde nos trasladamos a la vida occidental con grandes hoteles, tiendas de lujo, cadenas de restauración y olvidamos que estamos en una ciudad de ensueño. El antiguo barrio judío (Mellah), que quiere decir lugar de la sal por la relación que los comerciantes judíos tenían con este producto, acoge una sinagoga, un cementerio y mercado cubierto, además de la singularidad de que los balcones de sus casas dan a la calle. En la actualidad el número de miembros de la comunidad judía es muy reducido pero después de la segunda guerra mundial Marrakech junto con Casablanca fue uno de los lugares elegidos por los judíos que huían de Europa.

Si nuestra estancia nos lo permite en los alrededores de Marrakech podemos asegurar excursiones de gran interés como las Cascadas de Ouzoud y adentrarnos en la cordillera del Atlas, Essaouira para acercarnos al mar y ver un típico pueblo fortificado de pescadores, el Valle de Ourika donde empaparnos del paisaje del Alto Atlas, Ouarzazate para los amantes de escenarios de cine y por delante de todos ellos una estancia en el desierto de Merzouga. Allí podremos deleitarnos con la verdadera y afamada luz de África alojándonos en una haima (tienda bereber), pasear en camello y ver el amanecer entre las dunas. Una experiencia única donde vivir emociones nunca antes sentidas.

Desierto Merzouga

Desierto Merzouga. Foto Flickr: Angelika Kallenbach

La luz del sol, que sobre todo al atardecer y al amanecer parece intensificar el color rojizo de las construcciones de adobe y el entorno de Marrakech, crea una atmósfera atrayente que hace que nuestros sentidos estén alerta y deja una marca imborrable de lo vivido. Los olores, los sonidos, los sabores y los colores no desaparecerán al tomar el avión de vuelta sino que permanecerán agazapados en nuestro interior a la espera de que cualquier señal los traiga de nuevo a nuestra memoria. No resulta fácil olvidarse de Marrakech, es más, yo lo consideraría una labor imposible porque es de esos pocos lugares del mundo que te atrapa y ya no te suelta.


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2 Comentarios en “Marrakech. La ciudad roja.

    • Marta Alvarez

      Al redactar el post me di cuenta de que las fotos que estábamos poniendo no reflejaban realmente la luz que quería trasmitir en las descripciones de los distintos lugares. La película “El cielo protector” de Bernardo Bertolucci, muestran esa luz como ninguna otra que haya visto. Un saludo.